La botella Nº 156: “La innovación post mortem: ¿charlatanes o visionarios?”

La botella 156

El ejercicio físico alarga la vida cinco años, pero estos cinco años hay que pasarlos en un gimnasio” afirma el Sr. Mijaíl Zhvanetski, un clásico vivo de la sátira rusa. El eterno sueño de la inmortalidad atormenta muchas mentes. Da de comer a los científicos, filósofos, humoristas y ahora también a los emprendedores con sus numerosos startups y las interminables rondas de financiación. Ellos prometen a sus clientes celebrar cumpleaños centenarios e incluso se atreven a dar esperanzas de vida casi eterna. A la innovación no para ni la muerte.

Descartando la derrota definitiva del fallecimiento, muchas empresas han apostado por el más lógico alargamiento de la vida. Sus fundadores investigan terapias de antienvejecimiento, medicina regenerativa, alimentación macrobiótica, etc. Los más espabilados han abrazado la epigenética, el interfaz entre la genética y el medio ambiente y reparación de daños del ADN. El principal objetivo de todos estos negocios es retrasar el reloj biológico.

Sin embargo, los emprendedores rusos han apostado por la simbiosis de la criogenia y el mundo digital. El propósito más conocido hasta ahora quizás sea el Proyecto Avatar. Financiado por el multimillonario ruso el Sr. Dmitry Itskov, su objetivo consiste en lograr antes de 2045 que el contenido de un cerebro humano pase a un soporte artificial y así lograr una vida eterna digital, que tendría, según sus defensores, forma de un haz de luz similar a un holograma. Sería lograr una inmortalidad cibernética. Pero con una particularidad digna de mención. Opcionalmente el cuerpo físico de la persona fallecida puede conservarse gracias a la criogenización. No en vano Rusia, es el país que (junto a Estados Unidos) acoge a las mayores empresas criónicas del mundo.

¿Cómo funciona este boyante negocio? En términos generales, más o menos como la política. Cuando los mandatarios mundiales son incapaces juntos resolver un serio problema, simplemente dan una patada al asunto y el caso se traspasa al efímero futuro que aguanta casi todo. Lo mismo hacen los emprendedores de la felicidad post mortem.

Inmediatamente después de ser declarado muerto, el cadáver del cliente se conserva en un baño de nitrógeno líquido a muy bajas temperaturas (inferiores a -140ºC) y su sangre es sustituida por compuestos anticongelantes. Y todo esto se hace a la espera de que los futuros avances en biomedicina consigan devolverlos a la vida.

La factura que pagan los millonarios rusos para pasar por el proceso de criogenización después de la muerte ronda unos 150.000 euros. Y con la opción de traspasar el contenido de su cerebro a un soporte artificial con la esperanza de volver a instalarlo de nuevo en el cerebro “revivido” la factura final rondará 300.000 euros. Una inmortalidad solo al alcance de los más ricos. Eso sí, las empresas rusas cobran por adelantado. Nada de “a la finalización del encargo”. La letra pequeña del contrato indica que la descongelación como elixir de vida puede no funcionar y que la empresa tampoco podrá ser demandada por daños morales si el proceso se culmine con éxito, pero el sujeto renacido no se adapta a su nueva vida.

Incluso suponiendo que estos emprendedores del negocio post mortem no son charlatanes y algún zombi hipotérmico despertará algún día rodeado de… ¡Exacto! ¿De qué estará rodeado el infeliz inmortal? Nos cuesta entender a los millennials, generación Z, Y, WC, el alfabeto cirílico, encima para aguantar a los que no han visto nunca la película de Woody Alen “El dormilón” del 1973. He aquí aquel inolvidable dialogo:

–La ciencia es un callejón sin salida intelectual.

–¿Entonces en qué crees?

–En el sexo y la muerte.

–¿Qué se siente estando muerto durante 200 años?

–Es como pasar un fin de semana en Nueva York.

El transhumanismo, la principal religión de Silicon Valley que busca mejorar con la tecnología las capacidades físicas y psicológicas del ser humano, está bien asentado en Rusia. Muchos geeks de todo el mundo están obsesionados con la inmortalidad. Así plantean el futuro. Pero mucho me temo que, sabiendo muchísimo de tecnología, poco saben de filosofía. ¿Qué pasa si alguien vuelve a la vida, pero no quiere vivir, sea por las condiciones físicas, neurológicas o del entorno? El negocio de la criónica al margen de consideraciones éticas, morales, religiosas, tiene implicaciones que van más allá de su viabilidad científica.

La descongelación de cadáveres revividos esconde la asombrosa creencia de que la humanidad es capaz de vencer sus límites. Pero los limites son infinitos. ¿Constituiría la inmortalidad un horizonte deseable en términos sociales, políticos y ecológicos? De momento somos una especie agresiva, empeñada en desarrollar nuestro potencial de autodestrucción. ¿Saltando los filtros evolutivos, qué clase de virus mortal podríamos transmitir a través de tecnozombis? Desconocemos las consecuencias que tendría algo así. Y, por último, un pequeño detalle: ¿y si la muerte de cualquier ser vivo forma parte del único mecanismo cósmico de renovación?

Me preocupa el salto tecnológico-científico que se avecina en las próximas décadas. Para poner coto a los riesgos y afrontar el progreso con garantías éticas necesitamos profundizar muchísimo en el debate de Humanización y Tecnología. Todavía no hemos sido capases de abordar los desafíos económicos, sociales y éticos de la actualidad y a pesar de nuestra impotencia ya reservamos (previo pago) el sitio entre las generaciones venideras.

Desde mi punto de vista la inmortalidad se parece más a la maldición que a un milagro. Borges dijo que la inmortalidad sería para cualquier persona una forma de “dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes”. Pero afortunadamente para las empresas que venden la esperanza de la inmortalidad, sus clientes no suelen leer ni a Borges, ni tampoco se molestan a llenar sus privilegiadas cabezas con semejantes pensamientos. Lamentablemente estos ricos y desgraciados consumidores no se han dado cuenta de que la vida es demasiado corta como para instalarse en ella tan sólidamente.

De todas formas, creo que muchas veces sobrevaloramos a los científicos, a los filósofos, a los emprendedores, y a nosotros mismos. Lo único que siempre tendrá valor es el humor, sea de color que sea. Así que, concluyendo, se me ocurre una frase (de mi cineasta favorito): “No le temo a la muerte, sólo que no me gustaría estar allí cuando suceda”.

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