La botella Nº 154: “Oh my God: it is LOVOT!”

lovot

Miro perplejo a LOVOT y recuerdo las palabras del profesor de inteligencia artificial en la Universidad de Stanford, Sebastian Thrun: “Nadie lo expresa de esta manera pero creo que la inteligencia artificial es casi una disciplina de humanidades. Es en realidad un intento de entender la inteligencia y la razón humanas”. ¿Qué es exactamente esta estrella del CES de Las Vegas?

No hace nada útil en términos prácticos: no es un asistente inteligente, no busca información, no cuida nuestra salud física, no ejecuta nuestras órdenes. “Es un robot para dar el amor” según explica uno de sus creadores, el ingeniero de la empresa japonesa “Grovee X”, el Sr. Kohei Kawasaki. “Su objetivo es dar compañía a los humanos y solo sirve para  provocar empatía y hacer temblar nuestras neuronas espejo”, añade su creador, principal impulsor y fundador de la compañía, Kaname Hayashi.

El LOVEOT parece una mezcla de mascota y un juguete de peluche. Está lleno de sensores. Cuenta con una cámara esférica con la que reconoce lo que ve y almacena hasta patrones y caras conocidas. En la parte frontal, en la zona inferior, cuenta con un sensor de profundidad y uno de obstáculos. Además tiene micrófonos, claves para que se oriente, tiene tres ordenadores para procesar en tiempo real la información que capta y la pantalla principal OLED sirve para representar sus ojos. Están hechos con seis capas de profundidad y parecen vivos, llenos de empatía y generan afecto. Es la diferencia principal de otros robots. Los algoritmos le permiten detectar caricias o un gesto para que se siente y reaccionar a ellas, generando ese cariño tan artificial, sí, pero cariño al fin y al cabo.

La tecnología de LOVOT no está solo en su interior, también sirve para darle una apariencia realmente viva: tiene el suave tejido apeluchado que lo cubre y mantiene constantemente la temperatura corporal dentro de unos parámetros muy bien estudiados. Está cálido y realmente parece vivo. La personalidad de cada uno de estas mascotas es única, gracias al aprendizaje automático. Mientras los androides humanoides nos provocan rechazo por su incapacidad de tener una expresión realmente viva, este LOVEOT nos mira con una mirada jamás he visto en un robot. Su mirada nos pide a gritos una caricia tras sentarse en el suelo, un beso, un achuchón. En efecto, su intelecto es comparable a la de una mascota.

¿Pero qué nos está pasando a los humanos de carne y hueso? No es una casualidad que este LOVOT nació en Tokio. Llegó con el firme propósito de ser un robot para combatir la soledad, especialmente la de los más pequeños. Un problema gravísimo de una sociedad envejecida, cada vez más aislada socialmente y rodeada de pantallas, videos y apps de todo tipo. Vuelvo a preguntar a mi mismo: ¿cómo la sociedad lidiará con el desarrollo de la inteligencia artificial en el siglo XXI? Hasta ahora la clave siempre ha sido la representación, pero ahora se está buscando de dotarla de protagonismo en el terreno excesivamente humano: el Amor.

Sigo mirando al LOVOT y pienso que tal vez no tiene sentido ser tan alarmista. No deja de ser un juguete, un juguete de altas prestaciones. No es más que una mascota tecnológicamente más avanzada de aquel osito de peluche que hemos tendido casi todos en nuestra infancia. Salvo una diferencia abismal: aquel osito de peluche de nuestra infancia cobraba vida gracias a nosotros, no al revés. Con nuestras caricias, con nuestra mirada y nuestra imaginación éramos nosotros que le estábamos dando de vida. Así jugando aprendíamos amar, dar empatía, y también sufrir viendo como se hacía pedazos el pobre peluche después de años soportando nuestros intentos darle de comer, de meterle en la piscina o acompañarnos en casi todos los viajes.

Quizás ahora con este robot tan sutilmente inteligente estamos distorsionando nuestra esencia humana. Es imposible aprender amar y recibir el amor sin sufrimiento. Forma parte de un duro aprendizaje continuo que a los que lo superan les da la posibilidad de el experimentar el amor. Ser profundamente amado por alguien te da fuerza, mientras que amar a alguien profundamente te da coraje. Y amar y ser amado al mismo tiempo te da la felicidad.

El LOVOT sabe recoger automáticamente sus ruedas gracias a un mecanismo inteligente cuando le coges en tus brazos. Es capaz de mapear la casa para detectar sus espacios de actuación y detectar objetos. Sabe ser invisible y desaparecer cuando nota tu cabreo. Sabe mirarte como un perrito indefenso y fiel, solo le falta lamer tu mano. Sabe acudir al enchufe para recargar las pilas y no necesita que te molestes a darle de comer o sacarle de pasear. Su software también está preparado para decirte adiós cuando salgas de casa. Lo único que no sabe es decirle a su futuro dueño: “mírame pobre humano que quiere conseguir sin esfuerzo el don del amor. Visualizo una época en la que los humanos seréis a los robots lo que los perros son ahora para vosotros”.

Menos mal que de momento hasta esta frase tan trascendental deberá estar programada. Lo dijo hace años Claude Shannon, un famoso matemático y criptógrafo. Peor será no respetar nuestras propias limitaciones humanas por la lenta evolución biológica y confiar únicamente en el progreso tecnológico. Quizás algún día no podremos competir con ella y seremos superados por la inteligencia artificial. Pero antes deberíamos de perder la capacidad de amar y ser amados.

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