La botella Nº 148: “Casado, Sánchez y Turnitin: ¿llegó España a su fin?”

Sánchez y Casado

Una considerable parte de la sociedad española está atormentada y llena de resentimiento viendo la clase política que tenemos en nuestro país. Charles Bukowski dijo que “nuestra sociedad la hemos formado con nuestra falta de espíritu; es como si nos la mereciésemos”. Durante años la política ha sido una absurda mentira y actualmente estamos cosechando lo sembrado. ¿Acaso merece la pena hablar ahora sobre ello? Desde el punto de vista estrictamente económico, sí. Lo afirmo como gestor de la innovación.

Los emprendedores sabemos que el valor de la innovación no está en evitar que te copien, sino en conseguir que todos te quieran copiar. En el mundo entero se innova y se copia todos los días. En la industria, en los servicios, en el mundo financiero, sobre todo. Y el software “Turnitin” para detectar plagios sirve para poco. En realidad, el plagio no es el problema, lo digo en serio. El verdadero problema es cuando nadie te quiere copiar. Cuando no aportas nada nuevo, nada interesante, nada útil a la sociedad.

Cuando innovas y haces las cosas muy bien, todos te quieren copiar. Los más listos lo hacen aportando su granito de arena, convirtiendo sus copias en algo nuevo, algo realmente valido, añadiendo distintos matices, mejorando el original. Pero mientras lo hacen, van por detrás de ti. Porque el que te copia, por definición, está en el segundo pelotón. Tú ya estás al otro nivel consiguiendo nuevos retos. La innovación es tu estilo profesional, tu forma personal de disfrutar de la vida, tu esencia natural. Creando cosas nuevas aprovechas las ventajas de ser el primero. ¿Y quién da valor al trabajo que haces? En un ecosistema sano (económicamente) es el mercado que da valor y que pone su precio. Objetivo y cruel al mismo tiempo. En euros, en dólares, en yenes, en yuanes, en rublos…

Precisamente el valor intrínseco de la innovación está en conseguir que todos se deciden a plagiarte. Y yo me pregunto: ¿alguien quiere copiar el “posgrado en Harvard” de Casado o la muy útil tesis Doctoral de Sánchez? ¿Hay algún país civilizado y económicamente desarrollado que quiere copiar las recetas económicas que propone el gobierno del Sr. Sánchez?

Parafraseando a uno de mis escritores favoritos, por supuesto que es posible amar a los políticos españoles, si no los conoces demasiado. Pero en realidad ellos no son los únicos culpables de su forma de ser: simplemente siguen las reglas rígidas de las estructuras opacas de sus partidos cuyo único fin es eternizarse en el poder. Ahí están a solas con los dioses. No les desgasta el poder, lo que les desgasta es no tenerlo. Nosotros para ellos somos solo el ganado que deben guiar y educar adecuadamente.

Pero los corderos que con su silencio y su carne les dan de comer, las vacas que les dan la leche y los gladiadores que les aseguran el entretenimiento necesitan comer, maldito sea. Y para garantizarlo, es absolutamente necesario contribuir al progreso económico, no dificultarlo. Y el crecimiento económico en el mundo actual jamás se consigue subiendo impuestos, persiguiendo a los que más tienen, castigando y multando a los que todavía quieren hacer algo. Hacer lo que sea, pero verdaderamente suyo y genuino. Sin el liberalismo económico solo se siembra la amargura e ira, crece la economía sumergida y se reparte la pobreza.

En ocasiones el conocimiento es peor que la ignorancia. El conocimiento de cómo trepar mejor por las rígidas estructuras de los partidos políticos con el mínimo esfuerzo para triunfar es destructivo. Como destructiva es la mentalidad asentada aquí que ser empleado público es mucho mejor que arriesgarse a triunfar en el mundo de la empresa privada. Hasta la publicidad estatal explota descaradamente el mito que ser rico solo es posible ganando en la Primitiva. Por eso aquí hay más asesores que hablan sobre el emprendimiento a costa de las arcas de estado que propios emprendedores. Vivir mejor siendo empleado público es el primer síntoma de una sociedad profundamente enferma.

Los políticos, sean de PSOE o del PP o de Podemos (para poner algunos ejemplos), son como el resto de la gente: no quieren encontrar el Santo Grial, quieren triunfar. Y uno de los caminos en los que pueden hacerlo más rápido y con menos esfuerzo, es precisamente en la política. El efímero Máster en Harvard o el muy útil Doctorado de arriba citados señores son solamente unos sencillos pasos, unos indicadores internos que hay que cumplir para tener el acceso asegurado al nuevo escalón dentro de estas estructuras gubernamentales que aseguran “la dolce vita” a sus seguidores.

El problema de nuestros políticos no está ni en su descartada hipocresía, ni en los plagios en mayor o menor medida, ni siquiera en su permanente y enfermiza adición a la mentira. Su problema es la ECONOMIA. Para bien o para el mal en el mundo globalizado el único indicador valido es el capital. Quien lo crea, conserva y atrae, triunfa. Quien lo espanta, pierde.

Y actualmente la creación de riqueza está fundamentalmente unida a la innovación, libertad de movimiento de capitales y bajos impuestos. Por cierto, el Sr. Rajoy tampoco lo pudo entender cuando después del desastre que nos dejó Zapatero, cosechó la mayoría absoluta. El concepto de la innovación para Rajoy era lo mismo que el concepto de la igualdad racial para el Ku Klux Klan.

Para saber si llegó España a su fin o no, no se necesita el software antiplagio “Turnitin”. Solamente hay que mirar si en el horizonte geopolítico nacional hay alguien a quien no seduce tanto la demagogia, si es suficientemente valiente para aportar algo útil a la sociedad, garantizando las condiciones óptimas para creación y conservación de riqueza. Quizás los legítimos empresarios y políticos se parecen en su destino: si innovan y lo haces bien, todos les copiarán. En caso contrario copiarán ellos y siempre serán de segunda, prometiendo construir un puente incluso donde no hay río.

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