La botella Nº 129: “Hablando con Shakespeare”

williamshakespeare

“La confianza da asco, pero la desconfianza más” me dijo un joven hípster “visionario” convencido de su omnipresente inteligencia, extravagante originalidad y profunda sabiduría. Jugando con su flamante IPhone 7 continuó: los jóvenes de hoy somos más listos – ignoramos a los que nos quieren engañar, pasamos de ellos. “¿Y cómo distinguís la verdad de la mentira?” pregunté yo visiblemente extrañado ante semejante pensamiento universal. “Hay mucho Kant en la epistemología de Nietzsche, pero es muy fácil: si algo es diferente a mi manera de ser entones es mentira” concluyó mi erudito interlocutor, disfrutando de su bebida favorita mitad limonada, mitad té, algo así como un Arnold Palmer con un toque afrutado y tropical, el último grito del marketing Starbucksiano…

Me quede pensando unos instantes y luego le contesté: “Antes de empezar a ignorar a alguien, asegúrate de que él realmente lo merezca. Y recuerda a Shakespeare: “la mejor relación no es aquella que une a personas perfectas, sino aquella en que cada individuo aprende a vivir con los defectos de los demás y admirar sus cualidades”.

A veces las consecuencias de la desconfianza emparejada con los peores clichés populares dañan la visión del amplio abanico de relaciones humanas, hasta el punto de convertirse en una aberración. Ignorar a alguien que quiere hablarte es muy doloroso y provoca un daño emocional inútil. La táctica del avestruz no es la panacea. Pero la mayor parte de la neobohemia bolchevique está tan ocupada con su imagen en las redes sociales, que cosas tan estúpidas como la duda no ocupa lugar en su vocabulario. Lastima. “La duda es uno de los nombres de la inteligencia” decía mi querido Jorge Luis Borges.

Recuerdo las amargas lágrimas de Grigori Perelman, el extraordinario matemático quien se lanzó a la fama por haber resuelto la Conjetura de Poincaré. Se trataba de la demostración de la conjetura de Poincaré, uno de los siete problemas del milenio sin resolver a los que se enfrentaban los científicos de todo el mundo durante siglos. Entonces el todopoderoso “New York Times” publicó falsas insinuaciones de que Perelman sólo había hecho su trabajo para ganar el millón de dólares de recompensa. Además de ser totalmente falso, era un insulto para el genio ya que él había empezado a trabajar en el tema antes de la selección hecha por el Instituto Clay de Matemáticas de Massachusetts y nunca había tenido especial interés por el dinero. De hecho, rechazó el premio de un millón de dólares. La verdadera recompensa para el científico Grigori Perelman es la demostración matemática de la existencia de Dios de la que él está convencido. Yo no soy tan convencido ni tan afortunado como él. Los límites de mi inteligencia no me permiten ser tan feliz en un mundo imaginario, lleno de armonía y magia de los números divinos.

Afortunadamente para muchos la mayor parte de la humanidad lee la Biblia, el Corán, el Talmud u otros libros sagrados de otras tantas religiones, donde todas las dudas están explicadas. Así la humanidad puede dormir tranquila y sin problemas existenciales. Algunos no pueden conciliar el sueño, pero no es por dudas sino por deudas o hambre. Pero es otro cantar. Otros no duermen bien por el exceso de testosterona. Y hay incluso quien sufre insomnio por desajustes de dopamina, serotonina y oxitocina. Hablar de cosas tristes y preocupantes inhiben completamente la activación de la serotonina, la droga de la felicidad. La dopamina también nos juega malas pasadas: tanto en la droga como en el amor, cuando el estímulo externo desaparece, aparece el mono y la obsesión.

Por supuesto, que la razón está por encima de esas banalidades biológicas pero los neuroquímicos de la felicidad, hacen que sienta tan bien estar enamorado, que el cerebro busca la manera de conseguir más. Los neuroquímicos hacen su trabajo sin palabras, y nosotros buscamos palabras para explicar la locura de nuestras motivaciones. A veces es más simple engañarse que intentar entenderlo. Buscamos la felicidad en el amor: da igual si amamos a una persona, nuestro trabajo, nuestro dios, el poder o el dinero. O las letras, las partituras, o el pincel…

En resumen, somos yonquis de neuroquímicos de la felicidad. Pero no importa cuántos neuroquímicos consigamos, a la larga, el cerebro se habitúa a todo. Y nos exigirá más y más. Saber por qué sucede esto, puede ayudarnos a tomar las cosas con más calma. No tenemos la culpa, simplemente nos ha tocado vivir con la programación que ha mantenido a los seres humanos vivos durante millones de años.

Aun y así, ¿qué esperaba yo de ella? ¿Qué clase de recompensa? ¿Es tan banal todo esto que nos hace latir el corazón a velocidad de vértigo? ¿Todo se reduce a las sustancias químicas para que recompensen el comportamiento reproductivo? Nuestras creencias, nuestra percepción de las cosas, nuestras ideas, los prejuicios, los valores, las experiencias, las expectativas, o las fantasías que tengamos, ¿todo esto depende de la cantidad de sustancias químicas que liberemos en mayor o menor medida? Yo solo esperaba su confianza…

Antes de escribir piensa; antes de herir, siente; antes de rendirte intenta; antes de morir, VIVE” dijo el inmortal dramaturgo, poeta y actor inglés, uno de los más célebres de la literatura universal. Cierto es que sus comedias y tragedias nos descubren que el amor tiene que ver más con las creencias y los valores, y que el enamoramiento nos hace tener una percepción idílica de una persona. Pero él nos enseña mucho más que el complejo mapa del alma humano – ¡nos enseña tener CONFIANZA en el género humano! Una confianza que va más allá de los niveles de segregación de neurotransmisores u hormonas. Y es curioso, como con el paso del tiempo, se ha especulado mucho sobre la vida de William Shakespeare, cuestionando absolutamente todo: su sexualidad, su sexo, sus amores, sus amistades, su filiación religiosa, su origen e incluso la autoría de sus obras.

WHEN, in disgrace with fortune and men’s eyes,
I all alone beweep my outcast state
And trouble deaf heaven with my bootless cries
And look upon myself and curse my fate,
Wishing me like to one more rich in hope,
Featured like him, like him with friends possess’d,
Desiring this man’s art and that man’s scope,
With what I most enjoy contented least;
Yet in these thoughts myself almost despising,
Haply I think on thee, and then my state,
Like to the lark at break of day arising
From sullen earth, sings hymns at heaven’s gate;
For thy sweet love remember’d such wealth brings
That then I scorn to change my state with kings.

¡Gracias Maestro!

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