La botella Nº 120: “El poeta irrepetible: León De Greiff”

León_de_Greif

Es curioso, que un directivo empresarial de una moderna “spin-off” tecnológica se interese por la poesía. Hoy por hoy podría sonar, más que a extravagancia, a franca rareza. Pero es lo que soy: un directivo de una empresa pionera en la gestión del conocimiento, enamorado de la poesía. En particular, de la poesía latinoamericana. Especialmente me interesan los poetas muertos, olvidados, desaparecidos en la vía láctea del delirio del facebookista moderno, whatsappista convencido, instagramista compulsivo…

Quiero compartir con mis lectores mi admiración por un poeta poco conocido en Europa, su obra es prácticamente inexistente en las grandes librerías. Conseguir su antología es una misión difícil tanto aquí en España, tanto en Colombia, el país que le vio nacer. Su nombre es Francisco de Asís León Bogislao de Greiff Häusler, más conocido como León de Greiff, o para algunos – Sergio Stepansky.

Su obra me deslumbró hace un cuarto de siglo, fue una fuente inagotable de viajes a mundos extraordinarios. Su poesía no es invasiva, él poeta deja que la gente entre directamente a sus poemas y solo necesita ayuda de su corazón para no perderse en el complejo entramado de sus infinitas paradojas. Su universo de saltos imposibles y rimas extraordinarias es mucho más que un juego seductor del lenguaje y la imaginación.

Su estilo tan particular es un rechazo al vacío que crea la estúpida autocomplacencia, la corrosiva tristeza, la mortal arrogancia del ser humano. Y el gran poeta llena con creces ese vacío con el encantamiento sensual, el temperamento sentimental y mucha filosofía que siempre estuvo salpicada por el humor entre sus versos. Y jugando con palabras, inventando palabras, Greif siempre dejaba la suficiente cantidad de huellas etimológicas para darle el profundo sentido a su sincero mensaje a manera de prólogo.

León De Greiff era un hombre lleno de paradojas: se proclamaba perezoso pero trabajó muy duro medio siglo. Se proclamaba noctámbulo y toda su vida estaba trabajando de día. Escribió casi 5000 páginas de poesía, pero también ganó “mucha plata”. No le gustaba el poder, pero siempre estaba muy próximo a los que lo sujetaban firmemente en sus manos. Muy orgulloso de su amada mujer, sin embargo derrochó su amor pasional con muchas otras.

Paradójicamente pocos saben que él era una persona muy tímida y huraña, un poeta hosco en palabras de Rubén Darío. Pero cuando uno lee sus poemas, se apasiona con él, después nunca lo olvida. Su lenguaje ético y poético no depende del diccionario de la lengua española, sino de la música universal.

Quizás por eso, por lo imprevisible que era, por sus dos vidas imposibles, por sus caminos incompatibles, por lo inadmisible que era en el ninguno de los dos bandos, me es tan cercano y tan compresivo el “compañero Stepansky”. Siempre  “de los otros” para todos …

Y para descubrir que la euforia seguía intacta, he aquí su poema que merece una mención especial: “El relato de Sergio Stepansky”:

¡Juego mi vida!
¡Bien poco valía!
¡La llevo perdida
sin remedio!

Erik Fjordsson.

Juego mi vida, cambio mi vida,
de todos modos
la llevo perdida…

Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo…

La juego contra uno o contra todos,
la juego contra el cero o contra el infinito,
la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito,
en una encrucijada, en una barricada, en un motín;
la juego definitivamente, desde el principio hasta el fin,
a todo lo ancho y a todo lo hondo
—en la periferia, en el medio,
y en el sub-fondo…—

Juego mi vida, cambio mi vida,
la llevo perdida
sin remedio.
Y la juego, o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo…:
o la trueco por una sonrisa y cuatro besos:
todo, todo me da lo mismo:
lo eximio y lo rüin, lo trivial, lo perfecto, lo malo…

Todo, todo me da lo mismo:
todo me cabe en el diminuto, hórrido abismo
donde se anudan serpentinos mis sesos.

Cambio mi vida por lámparas viejas
o por los dados con los que se jugó la túnica inconsútil:
—por lo más anodino, por lo más obvio, por lo más fútil:
por los colgajos que se guinda en las orejas
la simiesca mulata,
la terracota rubia;
la pálida morena, la amarilla oriental, o la hiperbórea rubia:
cambio mi vida por una anilla de hojalata
o por la espada de Sigmundo,
o por el mundo
que tenía en los dedos Carlomagno: —para echar a rodar la bola…

Cambio mi vida por la cándida aureola
del idiota o del santo;
la cambio por el collar
que le pintaron al gordo Capeto;
o por la ducha rígida que llovió en la nuca
a Carlos de Inglaterra;
la cambio por un romance, la cambio por un soneto;
por once gatos de Angora,
por una copla, por una saeta,
por un cantar;
por una baraja incompleta;
por una faca, por una pipa, por una sambuca…

o por esa muñeca que llora
como cualquier poeta.

Cambio mi vida —al fiado— por una fábrica de crepúsculos
(con arreboles);
por un gorila de Borneo;
por dos panteras de Sumatra;
por las perlas que se bebió la cetrina Cleopatra—
o por su naricilla que está en algún Museo;
cambio mi vida por lámparas viejas,
o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas…

¡o por dos huequecillos minúsculos
—en las sienes— por donde se me fugue, en grises podres,
la hartura, todo el fastidio, todo el horror que almaceno en mis odres…!

Juego mi vida, cambio mi vida.
De todos modos
la llevo perdida…

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