La botella Nº 108: “Los días largos de lluvia de Alfonsina Storni”

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Aquel día llovía débilmente. En algunos países hispanohablantes dicen que “se está bañando la Virgen” cuando cae lluvia y hace sol a la misma vez. A pesar del tiempo aparentemente apacible, el oleaje del mar era notorio. Muchos bañistas ignoraban el peligro. La gente disfrutaba del sol y de la playa. De repente una ola demasiado grande surgió de forma inesperada y pegó violentamente en el pecho de una mujer que a duras penas consiguió salir del mar. A continuación, cayó perdiendo el conocimiento…

El golpe de la ola fue muy fuerte. Sus amigos la llevaron en brazos hasta la zona más segura. Cuando la mujer recobró el conocimiento descubrió un bulto en el pecho que hasta el momento no se notaba, pero ahora se podía tocar con la mano. Los amigos trataban de restarle importancia, aunque le aconsejaron acudir a un médico. Ese especialista fue el doctor José Arce. El 20 de mayo de 1935, Alfonsina Storni fue operada del cáncer de mama.

La mastectomía le dejó grandes cicatrices físicas y emocionales. La poetisa sufría de depresión toda su vida, pero después de la operación la paranoia y ataques de ansiedad se recrudecieron. Se volvió recluida y evitaba a sus círculos sociales habituales. Así comenzó el triste final de una de las más talentosas, enigmáticas y celebres poetisas argentinas…

Ella solo quería estar rodeada de amigas. Pero no todos eran capaces de relacionarse con una mujer de difícil carácter, agravado aún más por una enfermedad mortal. Alfonsina encontró un nuevo amigo inseparable, un revólver “S&W” que decía tener para defenderse en caso de robo. Pero en realidad lo compró para acabar con su vida de forma más rápida y menos cruel que la enfermedad que la consumía poco a poco. Su carácter cambió y Alfonsina abandonó a sus amistades. Ella no podía admitir el declive físico que padecía, no toleraba los tratamientos impuestos por los médicos. Solo asistió a una sesión de rayos que la dejó exhausta y no pudo soportar el tratamiento. No permitía que su hijo la besara y se lavaba las manos con alcohol antes de acercarse a él o a cocinar…

La poesía se escribe con la sangre que se calienta quemando la vida. Quién vive a flor de piel percibe el mundo de forma diferente. Alfonsina Storni siempre tenía todo muy difícil. Perseguida por la sensación de que otras personas estaban molestas con ella, se sentía también insegura al no poder devolver los favores a quienes se lo hicieran. Con los años se intensificaron sus manías y depresiones. Se sentía vacía, deprimida y muy infeliz pese al reconocimiento internacional que tenía. Sobre todo, se reprochaba el hecho de no darle un padre a su hijo. Al final de su vida se creía constantemente observada por los camareros de los cafés y restaurantes, los conductores de los tranvías, los policías y barenderos, casi todo ciudadano normal que se cruzara con ella. La vida convertida en una pesadilla…

La existencia del dolor real o imaginario era el principal motor de su creatividad. Para intentar distraerse y sentirse viva Storni escribía, escribía mucho. Y trabajaba. Ella tuvo intensa participación en el gremialismo literario e intervino en la creación de la Sociedad Argentina de Escritores. En Madrid visitó el “Lyceum Club” formado por los intelectuales y sus parejas y la Residencia de Señoritas que dirigía María de Maetzu, dio conferencias y cursos destacándose especialmente una titulada “Una mujer ultramoderna y su poesía”, la cual fue comentada en clave muy positiva por Eduardo Marquina y Enrique Díez-Canedo. Actualmente es de obligatoria lectura en muchas universidades del mundo.

Pero a pesar de todo ella quería vivir. Y mucho. Se aferraba al pronóstico optimista del típico estafador de la época llamado Eugenio Soriani, “doctor en quiromancia”. Según él, era capaz de conocer el futuro a partir de la lectura de manos. En su día el “mago” le pronosticó a Alfonsina Storni un debilitamiento de la salud a los 44 y a los 55 años de edad, previendo una vida de más de 70 años. Unos años antes las palabras del “adivino” no tendrían mucha importancia, pero ahora era su única esperanza. La poetisa seguía escribiendo, seguía su instinto creativo, cada vez más obstaculizado por las limitaciones de la dura enfermedad.

Y el final llegó con la conferencia poética de Montevideo. Cuando ella se inscribió en el Concurso de Poesía, le preguntó al director de la Comisión Nacional de Cultura, Juan José de Urquiza “¿Y si uno muere, a quien le pagan el premio?”. Pregunta que fue tomada a broma, pero luego resultó ser todo un presagio.

El 18 de octubre de 1938 Alfonsina viajó a Mar del Plata y desde ahí le escribió varias cartas de contenido ambiguo a su hijo Alejandro. Parecía que ella luchaba contra la enfermedad, pero al mismo tiempo anunciaba la decisión de terminar con su vida. Días más tarde un dolor en el brazo le impidió continuar con la escritura. Sin embargo, pudo terminar su último poema “Voy a dormir” y de forma de despedida envió su obra poética al emblemático diario argentino “La Nación”:

  Dientes de flores, cofia de rocío,

   manos de hierbas, tú, nodriza fina,

   tenme puestas las sábanas terrosas

   y el edredón de musgos escardados.

   Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.

   Ponme una lámpara a la cabecera,

   una constelación, la que te guste,

   todas son buenas; bájala un poquito.

   Déjame sola: oyes romper los brotes,

   te acuna un pie celeste desde arriba

   y un pájaro te traza unos compases

   para que olvides. Gracias… Ah, un encargo,

   si él llama nuevamente por teléfono

   le dices que no insista, que he salido…

La madrugada del martes 25 de octubre de 1938 fue el momento elegido. Alfonsina Storni salió de su habitación camino a la playa de La Perla y se arrojó al mar desde la escollera del Club Argentino de Mujeres a doscientos metros de la costa. Su vida se apagó para siempre. A la mañana siguiente con primeros rayos de sol unos obreros descubrieron su cadáver en la playa….

Conmoción nacional, lloros y lágrimas, la herida de su hijo que no se cicatrizó nunca, pompas fúnebres, homenajes, discursos de las autoridades, de alumnos y varias investigaciones periodísticas, ¿pero acaso tiene sentido todo esto? Sus restos mortales descansan en el interior de una escultura realizada por Julio César Vergottini en “Recinto de las Personalidades” del Cementerio de la Chacarita.

¿Y sus amigos? Bueno, parece que a la muerte le gusta la eficiencia y la excelencia. En un período de 20 meses, no solo murió Storni sino también sus dos íntimos amigos y celebres escritores Horacio Quiroga y Leopoldo Lugones. ¿A quién de los dos se refería la poetisa en sus últimas dos líneas escritas?

Si él llama nuevamente por teléfono

le dices que no insista, que he salido…

¿O quizá el destinatario de estas palabras era su hijo Alejandro? Personalmente creo que es así. Él insistía que su madre debería de luchar hasta el final y no tirar la toalla nunca. Pero es una explicación que carece de romanticismo, demasiado vulgar para el gremio de poetas, ellos demandan la sangre roja y el amor negro. Y el sentido común termina con un misterio poético que ningún biografío podrá aceptar. Especialmente cuando hay un trío por el medio con el mismo final, el suicidio.

Cualquier relato sobre la poesía y los poetas obligatoriamente hace alusión a preocupaciones, apuros y tragedias. No conozco a ningún poeta que tuviera una vida feliz o un final feliz. Y el género me da igual, la moda de subrayar rozando el ridículo de “miembros y miembras” me da asco. No es una verdadera lucha por la obligatoria igualdad de méritos y oportunidades de ambos sexos, sino un ejercicio de estupidez promovida por las capas más degradas del panorama esquizofrénico de la perversa política actual. Así que para mí eran los tres amigos, tres amantes, tres grandes poetas argentinos que por motivos que sean han elegido a la muerte antes que a la vida en un plazo de 3 breves semanas.

Y a los que preferimos la vida nos queda su sensual, profundo y bello legado tras los 7 días del diluvio universal:

Siete días largos la lluvia monótona

Golpeó mi ventana.

Siete días largos.

El corazón mismo se llenó de lágrimas.

Nubes en los labios,

En el pecho sombras,

Libros en las manos, las mejillas blancas …

Siete días largos …

Las aceras húmedas, los negros paraguas.

Hoy nacieron cuatro rosas purpurinas

Y están en mi cara.

Oro de los cielos puso ruiseñores

En todas las jaulas.

Sangre borbotea, los pies no se apoyan,

La carne es estrecha y el alma rebalsa

Fluido que ahoga me rodea el cuerpo:

Abierto los poros no retengo el alma.

¡Oh, lástima, lástima!

Tanta primavera que no logra taza

Para ser bebida.

Tanta primavera que no logra llama

Para ser quemada.

Tú, ¿dónde te ocultas, tú, que no has logrado

Todavía telas, redes, cribas, mallas,

Donde enredarían mis flores azules

Vencidas de amores a dulces palabras.

¿Dónde las dos manos de acero y de seda

que me tomarían en esta mañana

solar, para nunca soltarme las manos

que habrían de hacerme roja siendo blanca?

¡Oh, mi primavera que logró su alma

Oh, mi primavera en sus manos fuertes

¡Perdida y gustada!

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2 respuestas a “La botella Nº 108: “Los días largos de lluvia de Alfonsina Storni”

  1. Qué historia tan trágica, y qué hermosos poemas. Y qué diferente hubiera sido quizá su vida si hubiese nacido ahora y hubieran podido curar su enfermedad. Y puede que dentro de unos años tantas enfermedades que ahora son mortales se conviertan en meros resfriados que se curen con pastillas que vendan incluso sin necesidad de receta en las farmacias (al hilo del post de las muertes cerebralas). Aunque igual sin esa certeza de la muerte los poetas no se sientan tan inspirados.

    Un abrazo.

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  2. Lamentablemente el cáncer sigue siendo la segunda causa de muerte a nivel mundial. Según el reciente estudio que ha realizado nuestra Universidad Autónoma de Madrid, los tres canceres que más matan en nuestro país son de pulmón, colorrectal y de mama. Las enfermedades cardiovasculares, es la primera causa de muerte en el mundo y en los países desarrollados, y luego el cáncer. Digamos que, si no morimos por cáncer, será por alguna dolencia cardiovascular. ¿Pero debemos tener miedo a la muerte? Los poetas del mundo entero lo tienen muy claro: uno debe temerle a la vida, no a la muerte. ¿Quizá tienen en parte la razón?

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