La botella Nº 100: “Mi hija, mi amante, mi mujer, mi hermana…”

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Cuando ellos se conocieron, él tenía 46 años y ella 19. Él casado, ella soltera. Se enamoraron. Tuvieron una hija. Y desde entonces él sostenía una doble vida, con dos familias y dos hogares. Durante más de 30 años. En una de sus cartas a su joven amada él decía así: Siento hacia ti la ternura total que sin duda exige nuestra extraña condición: el incesto absoluto. Mi hija, mi amante, mi mujer, mi hermana, mi Anne, mi siempre y mi para siempre, mi fuente del fondo de los tiempos… Si yo no fuera amado y atravesado por todas las flechas, me quedaría aún fuerza suficiente para lamerme las heridas y desear de ti el beso con tu sabor, la señal impalpable, el sello con la marca indisoluble (y que nadie percibe aunque ofrezca al mundo su verdad, el amor del alma), me quedaría aún fuerza para amarte en silencio”.

El autor de estas cartas tan intimas y tan pasionales era el político que hizo temblar al todopoderoso general Charles de Gaulle. Su nombre era François Mitterrand. Muy frío y calculador según sus colegas contemporáneos, era un hombre profundamente enamorado, rendido como un adolecente, esperando a su chica en una esquina: “Mi Anne querida, he estado en la calle Michelet a las 15.05. ¿Cómo no te he visto? Imagino que no has venido, o que has ido a otro sitio, o que, obligada a moverte por el aflujo de estudiantes, no me has localizado. Resultado: me siento triste, triste. Parto ahora hacia Niza. Un día sin ti es demasiado estúpido. Mañana por la mañana tengo que estar en televisión a las 9. Te llamaré a las 8 y pasaré a recogerte, si puedes venir. Pienso en ti, mi amor, Anne. Te quiero. Y te añoro terriblemente”.

Casi nunca Mitterrand hablaba de política en sus cartas, escritas en papel con membrete de la Presidencia de la República: “Esta mañana he llamado al hotel Panoramic, con el corazón desbocado, y he obtenido la más bella conversación telefónica desde hace… 15 años. Me sentía atenazado por una terrible nostalgia. Temía escuchar una jerga árabe. O a una Anne furiosa porque las 8 era una hora demasiado temprana, o demasiado tardía, o porque el teléfono es un sucio instrumento indiscreto, o porque me entrometía en tu evasión, o porque… Pero tu voz era, como la de Mazarine, tan clara, tan ligera, etérea, que la alegría ha entrado como un vendaval por la ventana”.

Pero quizá la carta más profunda, más estremecedora y más bella fue escrita por él pocos meses antes de su muerte. A punto de caer en una larga agonía, escribió una última carta a su amante: “Aquí estoy en la vejez, el brazo un poco dolorido y las fuerzas que se van no sé dónde y han abandonado mi cuerpo. Me siento extraño por no telefonearte. Amo tu voz incluso cuando suena severa”. Más adelante cita un pasaje de Pascal sobre la condición humana: “Juez de todas las cosas, imbécil, lombriz, depositario de la verdad, cloaca de incertidumbres y de errores, gloria y escoria del universo, ¿quién esclarecerá esta confusión?”. Y sigue: “Sí, todo es confusión. Veo en mi vida una claridad. Fuera de ti todo se oscurece. Ya no sé qué más hacer de mí, acabado mi tiempo. ¡Una auténtica conjura! Pero saldré de esta extraña situación, ridícula y pintoresca. Es ya tan difícil saber el uso que conviene hacer de la vida. El resto es simple, basta con decidir. Mi felicidad consiste en pensar en ti y amarte. Siempre me has dado más. Tú has sido mi oportunidad de vida. ¿Cómo no amarte más?”.

Resulta que el viejo zorro del socialismo y el patrón de la construcción europea fue capaz de amar como un adolescente hasta su último suspiro…

Ahora, cuando sus cartas han sido publicadas por la editorial “Gallimard”, muchos se preguntarán como se sostenía más de tres décadas el triángulo amoroso entre François Mitterrand, su mujer Danielle y su amante Anne Pingeot. Pero creo que es lo de menos. Era y es un asunto exclusivo de las personas involucradas en aquella relación. Afortunadamente en Europa la vida privada del político es cosa suya, siempre y cuando los gastos de su affaire se los pague el Presidente con su dinero y no lo cargue a la cuenta del Estado. Las historias de alcoba se quedan tras la puerta y el que esté libre de culpa, que tire la primera piedra. ¿Realmente necesitamos conocer la vida íntima de un político para valorar su valía?

Por supuesto que la transparencia y a la integridad tienen una gran importancia. Pero no debemos mezclar la vida privada y la vida pública y profesional de un político. En el mundo anglosajón se entiende que la persona es un todo; si es infiel con su familia, ¿cómo no pensar que puede serlo con los ciudadanos? ¿Pero funciona este axioma el siglo XXI? ¿Acaso alguna estadística puede demostrar que los dirigentes files a sus mujeres también han sido fieles a sus votantes?  Creo que no.

Lo que de verdad define un político coherente del siglo XXI es su trabajo. Me importa y me duele cuando nos engañan utilizando nuestro voto con programas que no cumplen sistemáticamente, cuando obtienen la mayoría absoluta prometiendo bajar los impuestos y adelgazar las instituciones del estado y hacen justo lo contario, cuando mienten descaradamente sobre sus verdaderos objetivos políticos, cuando camuflando nuevos recortes en Sanidad y Educación en el gasto del PIB. Así lo hizo por ejemplo Rajoy, aunque dudo mucho que tiene o ha tenido alguna amante. Es más, no creo que muchas mujeres le pueden considerar mínimamente atractivo. Y eligiendo entre Rajoy o Mitterrand pocos tendríamos dudas a quien dar nuestro voto.

Es una lástima que actualmente en la UE no tenemos hombres de estado como François Mitterrand. Sin estadistas de su talla la opción política queda muy limitada. Conocíamos al ex presidente francés por sus logros políticos, ahora también le estamos descubriendo como ser humano. Y nuestros vecinos franceses pueden estar orgullosos de su ex presidente de la Republica que tanto ha hecho por Francia, Europa y su amor.

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