La botella Nº 89: La maldición de ser “persona culta”

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Formando a los jóvenes universitarios en el área de gestión del conocimiento y la innovación, lanzando proyectos en materia de I+D+i y Transferencia de tecnología, apostando por la formación específica próxima al mundo empresarial, he sido testigo de un proceso preocupante que culmina con un debate: ¿debería la educación universitaria formar “personas cultas”? ¿Son necesarios para la sociedad personas con amplios conocimientos culturales? ¿Es verdad que no necesitamos personas cultas para el progreso de la civilización?

“Ser culto, una cualidad que puede ser polémica y aun peyorativa, pertenece sin embargo a un modo de ser y estar en el mundo que naturalmente nos hace más buenos, mejores, más humanos” dijo el gran escritor ruso Antón Chéjov. Y es demoledor ver que muchos mis colegas piensan que “ser culto” es un anacronismo o una inutilidad. Entender la importancia de PMI de Chicago y al mismo tiempo conocer las Colecciones del Instituto de Arte de Chicago se ha convertido en símbolo “elitista”.

No quiero sembrar la polémica, pero cada día me hago la siguiente pregunta: ¿el utilitarismo que desprestigia a la “persona culta” es un movimiento espontaneo o una estrategia perfectamente teledirigida? Veamos.

Por la razón que sea la sociedad contemporánea se parece cada día más al mundo descrito por George Orwell en su célebre novela “1984”. Gracias a las revelaciones del famoso “Boy Scout de América” sabemos cosas muy feas sobre la “guerra antiterrorista” iniciada tras el 11-S por los Estados Unidos y su programa de espionaje a la escala mundial. Pero pobre Edward Snowden exiliado en Rusia difícilmente se siente a gusto. Hace poco escribió en su Twitter: “Putin ha firmado una ley represiva, que además de violar los derechos humanos, es contraria al sentido común”. Nunca los terroristas han sido tan necesarios como ahora. Por todo el mundo se pone en relieve la eliminación de facto de las garantías constitucionales sobre la defensa de datos personales y la inviolabilidad de la vida privada.

Es mucho más fácil gobernar una sociedad que no conoce el legado de Shakespeare, de Tolkien, de Chejov o de Sájarov. Una juventud sin nociones básicas de economía, derecho y política era un sueño para promotores del tercer Reich. El humanismo era una quimera para sus arquitectos. También Pol Pot, el forjador de un estado de corte maoísta, empleó el exterminio de los intelectuales para construir una sociedad feliz y democrática.

Ahora la mayoría de las guerras son económicas y son apoyadas por ataques informáticos a gran escala. Y los métodos de eliminación de los intelectuales han cambiado. Ya no pegan tiros por llevar gafas, simplemente no contratan, no pagan, excluyendo del circuito económico. Y son los propios padres, mostrando la justificable preocupación por el futuro laboral de sus hijos manifiestan que ser culto no sirve para encontrar un buen puesto de trabajo. Y no les falta razón. Hay muchos incultos triunfadores. Los “youtobers” enseñado el culo con decenas de millones de seguidores y una cuenta bancaria muy saneada es el diagnóstico clínico de nuestra sociedad. Y el problema no está en el necesario, justificado y bienvenido auge de las STEM (science, technology, engeneering, mathematics), sino en desprecio de cualquier conocimiento humanístico. En palabras de Miguel de Unamuno: “Venceréis, pero no convenceréis”

El enfoque de la teoría de la “inteligencia múltiple” en el occidente ya no se ocupa de formar personas cultas. Desarrollar un talento especial en una rama determinada es el producto “top” que venden muchas prestigiosas escuelas de postgrado. El mundo empresarial también se desentiende de la cultura, necesita la especialización para progresar. Y las pedagogías de moda apuestan por “learning by doing” y que no se debe enseñar nada que no se vaya a utilizar después.

Así que la historia, la filosofía, la literatura y el arte están arinconados. Se pone en entredicho si deberían enseñarse a quienes no vayan a ser historiadores, escritores o artistas. ¿Pero entonces quién les va leer, ver o escuchar? No importa. Y para el colmo de los colmos, el tiro de gracia viene de parte de movimientos nacionalistas o religiosos que quieren transmitir su propia cultura y por eso defienden con más ímpetu la presencia de asignaturas de humanidades.

¿Y qué hay de una educación laica, multicultural, con una idea amplia del mundo, de su historia y de las creaciones del ser humano? La necesidad de desarrollar y refinar no solo la inteligencia cognitiva, sino la sensibilidad estética, espiritual, social. Es imprescindible para comprender lo que sucede en nuestro alrededor, para encontrar soluciones a nuestros problemas. Ser culto es tener los conocimientos y competencias necesarias para ejercer el pensamiento crítico que nos protege de adoctrinamientos, caudillos, nuevos zares y los anillos de Sauron.

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