La botella Nº 80: “La historia de la habitación número 106”

Restaurant d'hiver Guillaume De Laubier

Hôtel Le Bristol Paris

El hotel “Le Bristol” de París está situado en uno de los barrios más exclusivos de la capital francesa. Su historia comenzó con la construcción de la Plaza de la Concordia y la modernización de los Campos Elíseos. El terreno extenso donde está ubicado actualmente el edifico fue vendido por El Duque de Noailles a un empresario del Rey Luis XV quién construyó ahí un hotel. La Condesa de Damasco adquirió la propiedad años más tarde y luego se lo legó a su hija, la viuda del Conde Charles de Vogüé.

En 1829 “El Hotel de Vogüé” (así se llamaba entonces el hotel “Le Bristol”) fue vendido al controvertido Conde Julio de Castellane que llevó a cabo una espléndida decoración interior del hotel. El excéntrico mecenas, partidario del amor libre y patrocinador del arte dramático, el Conde de Castellane mandó a construir su propio teatro privado en el hotel. Con sus elegantes fiestas el hotel se convirtió en un lugar de citas glamurosas de la alta sociedad parisina. Con los años la fortuna del propietario se esfumó junto con la imagen lujosa del hotel. Los herederos del Conde de Castellane estaban deseosos de deshacerse de la descuidada pertenencia y se lo vendieron después de la I Guerra Mundial al hijo de los propietarios del restaurante “Le boeuf à la mode”. Él se llamaba Hippolyte Jammet. Y con su nombre está relacionada la enigmática historia de la habitación secreta número 106. Una desconocida historia de horror, de valor, de amor y de concordia

Dicen que los grandes hoteles adquieren fama a través de las memorias de sus célebres huéspedes.  El hotel “Le Bristol” tal y como lo conocemos ahora se remodeló y se inauguró en Paris en el 1925. Desde entonces guarda secretos de Ava Gardner, Marylin Monroe, Rita Hayworth, Grace Kelly, Niarchos, Josefina Baker, Charlie Chaplin, Orson Welles, Harry Truman e incluso de coronel Bertolini, unos de los más temibles terroristas del OAS argelino que apunto estaba de matar al general Charles de Gaulle. Pero también guarda el sorprendente secreto de la habitación número 106.

Corría el espantoso año 1942. El aterrador nacismo alemán sumaba victoria tras victoria en los campos de batalla de la II Guerra Mundial. En Paris el horripilante Gobierno de Vichy dirigido por el Mariscal Philippe Pétain promovía la atroz política de limpieza étnica bajo las directrices de Berlín. Los franceses de origen judío sufrían el reiterado abuso de las autoridades, estaban fichados, llegando incluso a ser deportados a los campos de exterminio. Una macabra página de la historia de État Français.

En aquel terrorífico momento y a pesar del tremendo peligro, el dueño de “Le Bristol” el Sr. Hyppolyte Jammet, decidió esconder a su viejo amigo, un arquitecto judío llamado Leo Lerman en su hotel. Para tal fin se escogió la habitación 106 y su número fue ocultado hábilmente en los libros de registro. El nombre del misterioso inquilino no figuraba en ninguna parte. De esta forma durante largos tres años el joven arquitecto se convirtió en una persona muerta en vida, un espectro, un fantasma condenado a no salir nunca de las dependencias del hotel. La rama de la Gestapo alemana instalada en París, la despiadada Carlingue francesa tenía a sus espías por todas partes. Compuesta mayoritariamente por personas provenientes del mundo del crimen organizado, sembraba miedo y pavor en Paris. A los matones de Carlingue no les temblaba la mano matar también a los que daban refugio a los judíos “sospechosos de pertenecer a la resistencia”. Sin pestañar se quedaban con todo lo que conseguían saquear a sus víctimas. Éste era el principal incentivo de su fiel servicio a la causa de Führer.

El Embajador alemán ante las autoridades colaboracionistas francesas, fon Otto Abetz, estaba encargado de convencer a los miembros del gobierno títere francés de integrar en la Carlingue también a muchos jóvenes musulmanes que residían en Francia. Los nazis perseguían dos objetivos: primero dividir la sociedad multicultural francesa, sembrando la confrontación y el odio; y el segundo reforzar a toda costa el aparato represivo. Tener que apoyarse exclusivamente en los delincuentes franceses sin escrúpulos inquietaba a los alemanes. Necesitaban tener más aliados incluso mediante el engaño. Manipulando repugnantemente a esta juventud les convencían que, apoyando la victoria nazi, conseguían así la independencia de sus países, por entonces colonias francesas. Pensando que en el fondo no hacían otra cosa que defender los intereses y la libertad de sus propios países, una parte de jóvenes musulmanes franceses siendo víctimas de manipulación nazi constituyeron a un importante golpe de efecto de la propaganda fascista alemana. A veces son los pequeños detalles que cambian por completo la precepción de los acontecimientos. Muchos ingenuos caen en trampas del odio en el tablero de ajedrez en turbias manos ajenas.

El fantasma que ocupaba secretamente la habitación 106 era un hombre cautivo. Pero estaba vivo y quería manejar su vida de forma activa. Durante su forzado confinamiento Leo Lerman emprendió una sustancial renovación del Hotel “Le Bristol”. Una de sus contribuciones más notables son las preciosas rejas en hierro forjado del ascensor principal y el contorno de algunas escaleras interiores, diseñadas en aquella misteriosa habitación Nº106. Pero no solamente de trabajo vive el hombre. Especialmente si es un hombre joven. El amor, como una flor, es capaz de florecer en circunstancias menos apropiadas y en lugares más inhóspitos. Incluso en cautiverio brota la pasión. Incluso bajo la amenaza permanente de ser detenido por la Gestapo la gente se enamora.

El personal de atender el teléfono en el “Hôtel Le Bristol Paris” era exclusivamente femenino. Era preciso cumplir ciertos requisitos adicionales, impensables e incomprensibles hoy en día: ser soltera, tener una excelente reputación moral y ser virgen. Estas señoritas, que ponían en comunicación al interlocutor con algún cliente, perdían su trabajo cuando se casaban. Las razones de esta extraña política son un misterio para mí: ¿las no vírgenes son más propensas a un desliz con un cliente? ¿La virginidad es la garantía de calidad? Quién sabe, las razones de requisitos tan manifiestamente sexistas en el corazón de Europa son una incógnita para cualquier persona contemporánea.

Entre aquellas señoritas que trabajaban en el hotel ateniendo el teléfono estaba una chica muy guapa. Francesa de nacimiento, hija de padres argelinos ella se llamaba Nadia. El nombre de origen ruso que significa “esperanza”, es uno de los nombres de mujer más habituales de Argelia y bastante frecuente en Francia. No sé cómo y en que circunstancias se conocieron ella y el fantasma de la habitación 106, pero lo cierto es que el arquitecto Leo Lerman se enamoró perdidamente de Nadia. ¿Se imagina alguien qué es estar enamorado y esconder su amor? Ni una mirada que puede delatar su relación, ni un paseo cogidos de la mano, ni una cena juntos. Ni siquiera una conversación. Nada de nada. Y a pesar de este contexto tan brutal, las paredes de la habitación Nº106 han sido testigos de una pasión y de un amor sin igual. En todos lados, hay cariños que saltan fronteras, prejuicios y tradiciones. El amor entre dos francés de diferentes orígenes no era entonces una realidad muy común en el país galo, pero tampoco tan extraña.

Y es lo que me encanta de esta historia. Una historia de la vida real, de una vida libre de manipulación, del odio, de prejuicios. Una vida donde lo más mezquino del ser humano comparte el mismo espacio y tiempo con lo más admirable. La amistad y el amor no se rigen con reglas geopolíticas, no son rehenes de las fuerzas fácticas. La doctrina fascista, la manipulación religiosa, el odio chovinista o la histeria nacionalista no son capaces de poner coto a la verdadera amistad y al veredero amor. El mundo no se divide en “blanco” y “negro”, en “buenos” y “malos”, en “nosotros” y “otros”. El cielo, el infierno y el mundo entero, están aquí y ahora entrelazados en nosotros, en el corazón de cada ser humano.

Por eso cualquier sociedad dictatorial lo primero que hace es atacar la libertad emocional e intelectual, reprimiendo la sexualidad en todas sus expresiones. Y el acto seguido se busca un chivo expiatorio muy fácil de localizar como instrumento básico para la manipulación de la realidad. En las sociedades donde los dictadores son elegidos cada cuatro o cinco años, los expertos de Ingeniería social intentan controlar el significado de las palabras para controlar el lenguaje. Manipulando las expresiones se controlan las emociones.

El relato sobre la habitación secreta del Hotel “Le Bristol” es, sin duda, uno de los que más acentúan las circunstancias trágicas de la historia gala. Los acontecimientos vividos dentro del majestuoso edificio lo han convertido en un verdadero mito.  Pero también en el testigo de que los verdaderos sentimientos no están sujetos a ningún tipo de manipulación. Muchas veces queremos a aquellos que menos nos convienen y que más nos pueden complicar la vida, pero hay que vivir sin miedo.

El hotel “Le Bristol” se suele presentar como una simbiosis perfecta entre el glamour parisino y los fascinantes sucesos ocurridos ahí. Pero para mí la verdadera simbiosis está muy por encima de la elegancia del hotel y el encanto de la capital francesa. Para mi es la admirable simbiosis de la asociación íntima de organismos de especies diferentes para beneficiarse mutuamente en su desarrollo vital. En otras palabras, con más de 600 empleados de 74 nacionalidades a lo largo de tres tremendos años de dominio y represión fascista, por muy escondida que estaba la habitación Nº106 y camuflado su inquilino, es llamativo que ni la Gestapo, ni Carlingue, no supieron nada.

Probablemente John le Carré tenía mucha razón cuando decía que la traición es en gran medida una cuestión de hábito. Y cuando diferentes integrantes de una sociedad tienen como hábito principal el amor en todas sus facetas, la manipulación de las élites dominadoras es incapaz de corromper progresivamente las masas, imponiendo sus propios objetivos. Por eso la concordia, la paz multicultural y la convivencia pacífica siempre han sido las primeras víctimas de intentos de manipulación, división y enfrentamiento.

Espero que esta historia de valor de Sr. Hyppolyte Jammet y de amor entre el arquitecto Leo Lerman y su musa Nadia, no caiga en el olvido. Hoy como nunca necesitamos las historias que salvan lo mejor de nosotros mismos “a un millar de besos de profundidad”. Mi pequeño y modesto homenaje a los tres querría terminar con la letra de un poeta, novelista y cantautor canadiense, Leonard Cohen.

Los ponis corren, las chicas son jóvenes,

las desigualdades están allí para golpear.

Tú ganas un instante, y entonces ya está hecho.

Tuviste tu pequeña racha ganadora

y ahora estás convocado para negociar

con tu derrota invencible.

Vives tu vida como si fuera real,

a un millar de besos de profundidad.

Me estoy volviendo bromista y me las arreglo,

regresando a la Calle Boogie.

Pero cuando pierdes el control y el agarre,

te resabalas y te deslizas hacia la Obra Maestra.

Y quizás aún tenga que conducir muchas millas

y promesas que mantener,

Tú abres zanjas por doquier para permanecer vivo,

a un millar de besos de profundidad.

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3 respuestas a “La botella Nº 80: “La historia de la habitación número 106”

  1. Otra vez gracias por revelarnos tantos misterios. A pesar de tanta guerra y tanta desgracia, siempre hay sitio para el amor y la pasión. Seguramente, gracias a eso, el mundo sigue vivo y la humanidad con algo más de esperanza. Intentaré imaginar cuantas historias apasionantes ha podido albergar el hotel “le Bristol”. Cuantas historias de amor prohibido como la de Nadia y Leo.
    Las reglas que nos impone este mundo no son justas, no nos podemos dar por vencidos, y quiero creer que se puede luchar por sus sueños y vivir como uno quiere, pese a quien le pese.

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  2. Otra vez gracias por leer lo que escribo. El mundo agradece a personas como tú el ejemplo de coraje personal. La valentía de vivir la vida como uno quiere es un lujo que no todos pueden permitirse. No existe la felicitad sin la búsqueda de la libertad interior, y esa búsqueda es la que nos hace libres. Sabes que te aprecio y te respeto profundamente por todo esto y por mucho más. Un fuerte abrazo.

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