La botella Nº 78: El amor y la fantasía de Assia Djebar

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Su verdadero nombre era Fatima-Zohra Imalayène. De origen argelino y nacionalidad francesa era una de las autoras más famosas e influyentes del Magreb. Fue elegida miembro de la Academia Francesa en 2005. Una de las grandes narradoras del siglo XX, destacó también como ensayista, cineasta, dramaturga, profesora de Literatura en varias universidades en tres continentes. Sus clases recuerdan todavía en Argelia, Marruecos, Francia y Estados Unidos. Y sus libros componen el célebre Cuarteto argelino y siguen marcando importantes ventas en librerías de todo el mundo: “El amor, la fantasía” (1985), “Sombra Sultana” (1987),  “Grande es la prisión”  (1995) y  “El blanco de Argelia” (1996). Su valiente lucha contra el integrismo islámico,  contra la regresión, la misoginia y humillación de la mujer era de sobra conocida. Así es el breve resumen de la huella que dejó Assia Djebar, uno de los iconos femeninos de nuestro tiempo.

Pero hoy me gustaría recordar a Fatima-Zohra Imalayène desde su lado más desconocido, más sensible y más humano. Hay historias que no dejan indiferente a nadie. Especialmente cuando tratan del amor. La condición femenina y sus raíces hacen especialmente temperamental el relato. Existe una base de misterio, de fuerza indomable de la pasión y del deseo con un fondo social, que hay que solucionar para salvar el amor. Es otra forma de pensar y de escribir.

“Las noches de Estrasburgo” tiene sangre argelina y la expresión francesa. Fue la primera novela de Djebar que no transcurre en Argelia. Probablemente la sede parlamentaria de la Unión Europea no es la ciudad más adecuada para situar una apasionada historia de amor en comparación con Paris, por ejemplo. Pero Thelja, la protagonista de la novela, vive un tórrido romance de nueve noches y diez días con un hombre francés precisamente ahí. El centro histórico de la ciudad francesa declarado Patrimonio Unesco de la Humanidad alberga la novela erótico-lingüística, estableciendo varios paralelismos entre el contacto entre idiomas y personas. El libro es un torrente donde la lengua fluye apasionadamente al son de la melodía del amor carnal. Un amor crudo y rudo, pero también sincero, espontaneo, fogoso, indefenso, inocente y fino. No hay nada más apasionante que descubrir un nuevo idioma en la persona amada, una nueva forma de pensar, de sentir, de expresarse. Para algunos es una situación de conflicto permanente por definición, pero para Thelja es todo lo contrario, una oportunidad para descubrirse y descubrir el mundo.

Las historias reales de amor entre personas de diferentes raíces son más frecuentes que pensamos a priori. ¿Cómo se enamora Thelja en el corazón de Europa? ¿Qué barreras tuvo que superar y qué encontró realmente al final? Para mi ella encontró el placer de ser una mujer enamorada, deseada y amada. La libertad de enamorarse de cualquier persona sin importar sus raíces, su idioma, su religión, su color, su sexo, su estado social o su estado civil. Esa es para mí la primera de las libertades. La sorprendente posibilidad de disponer de uno mismo para amar y desear. Esto que parece algo tan simple para algunos es un lujo increíble para otros. ¿Se puede amar libremente? ¿Se puede amar siempre? ¿Se puede amar sin importar las consecuencias? ¿Acaba bien esta historia del amor? Según Nietzsche lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal. Creo que las historias de amor nunca acaban. Pueden morir, pueden olvidarse, pero nunca acabarse…

La novelista Assia Djebar escribía libros duros, muy duros. Insistía una y otra vez que en las fuentes del Islam hay una idea de la dignidad y de la libertad de la mujer que después se perdió. Ella decía desde la catedra de diferentes universidades que uno de los grandes problemas del islam actual es que los fundamentalistas, los extremistas y los terroristas desconocen su propia cultura y que ni siquiera han leído literatura árabe. Y la mujer para ellos es la presa más fácil. Pero yo no quiero hablar ahora de la faceta reivindicativa de su obra literaria, me interesa más su parte sensual, sentimental, espiritual. ¿Cómo reaccionará una mujer tan dura y tan valiente como ella enfrentando a su protagonista a las tormentas de la pasión y del amor?

La escritora Fatima-Zohra Imalayène siempre querría escribir sobre la gente que hace el amor, que es lo que ha salvado a tantas personas en las guerras. Cuando se hace el amor con placer, con placer de verdad, la memoria se despierta y cambia la percepción de la vida. Pero no esperéis caminos fáciles, el amor no es un quitamanchas perfecto. Siempre el dolor y la alegría van de la mano, funcionan en paralelo, se rozan, se transforman en una unidad que enlaza las historias literarias con la vida y la imaginación de la narradora y de sus lectores.

“Las mujeres argelinas contamos con cuatro idiomas para expresar nuestros deseos, antes de jadear”, decía la escritora nacida en la localidad costera de Cherchell: “El francés para la escritura secreta, el árabe para nuestros sofocados suspiros hacia Dios, el líbico berebere cuando imaginamos volver a encontrar a nuestros ancestrales ídolos maternos. El cuarto idioma sigue siendo el del cuerpo”.

Cualquier mujer de todo el Magreb lleva en su sangre también la lengua de Antinea, la reina de los Tuaregs, entre los que el matriarcado fue la regla durante mucho tiempo, la lengua de Yugurta, símbolo máximo del espíritu de resistencia, de fuerza y de esperanza. ¿Entonces por qué mientras que el hombre magrebí sigue teniendo derecho a cuatro esposas legítimas, la mujer no puede amar a más de un hombre? Supongo porque la mirada de los vecinos pesa más que la mirada de los enamorados. Son los eternos dogmas sociales que traspasan familias, vidas y países. Y sus invisibles fronteras están en la mentalidad de la gente. Nacimos como sus prisioneros y tenemos que cosechar el resentimiento. Las tentaciones y las atracciones se complementan con la seducción y son incompatibles con la supervisión.

Antes de morir Fatima-Zohra Imalayène confesó que fue su padre quien le dio “permiso para huir hacia la modernidad”. En una entrevista la valiente mujer argelina contó que ese pequeño milagro fue posible gracias a su padre, hombre de ruptura y modernidad frente al conformismo musulmán del resto de la familia que, con toda certeza, le habría destinado al “encierro de las doncellas núbiles”.

Y la historia de Thelja de “Las noches de Estrasburgo” nos habla de lo mismo, nos enseña una verdad indomable: nada puede castrar el verdadero deseo de una mujer. Y el en fondo da igual si ella ha nacido en Argel, Cherchell u Oran, o en la orilla de Támesis, Sena o Mississippi. Es imposible encarcelar el cuerpo que se rebela, el alma que busca en cuál orilla está el destino de su mensaje de amor, que se funde con el gozo en una aleación indisoluble.

A mi entender la verdadera cultura de la modernidad ya no tiene nada que ver con la ilustración y acumulación de conocimientos, sino que consiste en el aprendizaje de seducir con el sentimiento, pensamiento y gesto. Amar significa abrirle la puerta a esa modernidad que no consiste en prohibiciones sino en ofertas, no se basa en normas sino en propuestas. En el amor y en la fantasía.

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