La botella Nº 30: ¿Qué nos pasa a los europeos?

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La imagen prestada con agradeciendo de Free-Stock illustration.com“

“Je suis malade, complètement malade”. Es como me siento ahora, viendo todo lo qué está pasando en el continente europeo. El engaño, la manipulación, el miedo y el dogmatismo andan a sus anchas como los cuatro jinetes del Apocalipsis. Para sentirse orgulloso de ser europeo…

Hubo un tiempo no tan lejano, cuando aquí corrían otros aires. Éramos diferentes aquel otoño del 1989, viendo cómo se nos vino abajo el Muro de Berlín. Cuando a través de los gritos de la multitud y golpes de martillo que derribaban el Muro de Berlín, sin previo aviso y sin que nadie lo podría imaginar, Rostropóvich comenzó a tocar la suite Nº2 para violonchelo de Bach, los transeúntes se quedaron hipnotizados. El momento histórico unió a los tres genios europeos de distintas épocas y culturas: el del compositor, el del intérprete y el de luthier. Fue el concierto improvisado más feliz y con mayor sentido de su vida, según las propias palabras del Maestro, por cierto un exiliado y refugiado. La música expresiva de Bach hizo llegar al público unos sentimientos de victoria, paz y esperanza. Desde entonces ha pasado un cuarto de siglo…

En el 2015 la fotografía de la Europa es irreconocible. Tras la nueva victoria de Tsipras, un populista errático y díscolo, un comunista convencido, el ejecutivo griego no tardará en volver a plantear el tema de la reestructuración de su deuda, hundiendo aún más las bolsas europeas. Hasta el más tonto sabe que Grecia es insolvente y que no va a poder pagar la deuda. El señor Schäuble insiste que debíamos de echar a Grecia del euro, olvidando que Alemania es el país con ocho episodios de insolvencia con reestructuraciones de deuda y ocupa la segunda posición del podio después de España con trece méritos (somos campeones). Pero con la crisis de refugiados por el medio y la desaceleración de la economía china, desde Bruselas nos mienten de nuevo: “Todo está bajo control. Los griegos ya no se oponen a seguir sufriendo y se asfixiarán solos voluntariamente”.

Sería fantástico, podrían ahogarse con decenas de miles de refugiados sirios que siguen en su territorio, esperando el resultado de la pelea de varios socios europeos que no quieren a los refugiados en sus respectivos estados. A los países de la UE les gusta vender armas a otros en guerra, pero no quieren recibir a los refugiados que están huyendo de ahí. No les queren a ellos, sólo a su dinero.

La ola migratoria de refugiados hacia Europa se intensifica y desborda cada vez más a los gobiernos que, ante la mirada atenta del mundo entero, se pelean para no acogerles. Todo esto es una payasada y el problema sigue intacto. El turbio apaño de la Comisión Europea sobre inmigración, refugiados y asilo, presentado como un acuerdo es vomitivo: Polonia acepta a regañadientes 6.000 refugiados, pero la Comisión se compromete a no difundir los números para no cabrear a los votantes polacos en vísperas de próximas elecciones en aquel país. Con un mensaje duro contra la inmigración ilegal el gobierno polaco cree que puede ganar más votos.

El acuerdo excluye al resto de los países del grupo Visegrád. Eslovaquia, Republica Checa y Hungría lo han dicho alto y claro: no quieren musulmanes (aunque entre los que huyen de Siria hay muchos cristianos). Sin medias tintas ni rodeos rechazan a los que buscan asilo. Porque creen que hay terroristas entre sus filas. Porque creen que los refugiados núnca se integrarían en sus países. Porque equivocadamente creen que están en peligro las raíces cristianas de la UE. Porque no quieren que su débil sistema de bienestar cargue con el peso de la integración de una inmigración descontrolada. O porque Europa se ha vuelto más xenófoba, intolerante y racista.

Pero detrás del rechazo hay otros aspectos aún peores que una simple manifestación nacionalista digna a los discursos de Alfred Rosenberg. Nadie en la Unión Europea quiere que Bruselas le imponga cuotas obligatorias. Aceptar el dictamen de cuántos refugiados hay que acoger, cómo y cuándo, supondría una especie de jurisprudencia de facto. Asistimos a una rebelión casi manifiesta. Los países de la UE no reconocen el mandado de Brúcelas. Algunos diplomáticos de los países del Este de Europa me han comentado que en sus países hay miedo a las minorías. El recuerdo de la reciente guerra de los Balcanes está muy presente.

Y también hay problemas de puro amor propio nacional: o eso creen ellos. Los países pequeños del Este han visto cómo los amos de la UE los usaban para atacar a Tsipras y Syriza. Se les dio más voz que nunca y los incitaron a hacer declaraciones. Les dijeron que eran importantes y que cada voto cuenta. Y ahora quieren silenciarles en un tema que se considera crítico para el futuro del continente. Si no es una manipulación dura y pura que alguien me explica entonces qué es: ¿una crisis de valores y de pensamiento en Europa?

Mirando a nuestra propia casa se me hiela la sangre. El próximo domingo los catalanes escupirán a la cara del resto de España con el referéndum de autodeterminación. El presidente Rajoy, incapaz de aclarase entre las nacionalidades catalana, española y europea, perdió la partida política frente al fundamentalista y nacionalista Sr. Mas. Pero el gobierno de la nación sigue con su mantra: “No pasa nada. Todo seguirá igual, Catalunya no se irá de España”. No me gustan los movimientos nacionalistas ni tampoco los activistas separatistas. Pero me pregunto si Rajoy ha parado a pensar porqué los 13 científicos más importantes de Catalunya han firmado un manifiesto de apoyo a “Junts pel Sí”. ¿Son unos irresponsables y desequilibrados?

Pobre de mí, también confiaba en el poder económico de las emblemáticas empresas europeas. Especialmente alemanas. Los que hemos pasado por alguna clase de economía, recordamos el postulado sobre la prosperidad económica como el garante de la paz. ¿Pero cómo es éste presunto poder económico? ¿En qué se basa? Resulta que cuando el mercado chino es menos glotón tenemos problemas. También tenemos problemas cuando hay que competir con tecnologías. El caso del Grupo Volkswagen es el ejemplo más llamativo que prefirió engañar y estafar en el potente mercado automovilístico norteamericano. Pero también podemos citar las dudosas prácticas de la OHL en Méjico. Y muchos otros más. ¿La ingeniería alemana en su esplendor? ¿La marca España? ¿El mercado bancario de la libre competencia?

No, no lo creo. Aquí en Europa tenemos suficientes y brillantes ingenieros, emprendedores, científicos y magníficos gestores ejecutivos. Los que nos sobran y los que nos hunden en la porquería son algunas figuras mediocres de la clase política actual y sus compinches, determinados altos ejecutivos de ciertas multinacionales. Tanto unos, tanto otros se han creído que con la publicidad engañosa y el marketing político se puede profanar los verdaderos valores europeos: el trabajo, el esfuerzo y el cumplimento con la palabra dada. Sea en el ámbito político, sea en el ámbito empresarial, la calidad de cualquier sistema es la del peor de sus componentes, dice un empresario y amigo mío.

Pero de momento el desmadre en la política y economía en el continente europeo continúa. Mario Draghi pide más responsabilidad a los gobiernos, explicando que por sí solo el BCE no puede arreglar la nefasta gestión política de la mayor crisis financiera que arrastra las consecuencias hasta la economía productiva. Él sabe que la próxima vez su “believe me, it will be enough” no calmará a los mercados y se echa las manos a la cabeza. El FMI cada día más se parece a la FIFA y la Comisión Europea al protagonista de la novela de la picaresca española. Más vale recordar que este género surgió como crítica de las instituciones degradadas de la España imperial y por otro lado de las narraciones idealizadoras del Renacimiento. Un coctel muy peligroso y, lamentablemente, muy actual.

¿Es la Europa unida, libre y feliz que soñábamos junto al Muro de Berlín en ruinas? En el 1989 la música llegó a reunir los corazones de los europeos alrededor del viejo sueño: una Europa unida, libre y feliz. El sonido del violonchelo acompañó a las páginas más luminosas de nuestra historia. Añorábamos el éxito y la gloria de Europa sin poder imaginar la futura miseria y deshonra de nuestros representantes actuales.

Hoy nos acompaña otra melodía, con letras completamente diferentes: la canción de Lara Fabian.

Je suis malade
C’est ça je suis malade
Tu m’as privé de tous mes chants
Tu m’as vidé de tous mes mots
Et j’ai le coeur complètement malade
Cerné de barricades
T’entends je suis malade…

¿Y qué opina mi querido lector de todo esto? ¿Qué nos pasa a los europeos?

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