La botella Nº 24: La actriz Íngrid Bergman: 100 años del amor y la virtud

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                        La actriz Íngrid Bergman en un fragmento de la película “Casablanca”

Hay mujeres inolvidables. Y momentos inolvidables también. Aquella noche de otoño estábamos viendo la espectacular película “Casablanca”. Mientras el siempre tan elegante Humphrey Bogart, rudo en su dolor, decía a la sensible y atormentada Ingrid Bergman: “Siempre nos quedará París”, yo pensaba que nos quedará también para siempre aquella noche. Igual de atormentada, apasionada e inesperada en su torrente de desnudos deseos, que arrebató las miradas fugaces de la pálida timidez del atrevimiento, convirtiendo en euforia ímpetu el inolvidable momento.

Así es la vida y así son las mujeres de mi vida. Reales o imaginarias, ellas siempre me han enseñado ser mejor hombre y mejor persona. Una de ellas nació el 29 de agosto de 1915 en Estocolmo. De madre alemana y padre sueco, heredó la belleza nórdica y el fuerte carácter. Se llamaba Ingrid Bergman.

Quedó huérfana a la temprana edad, pero se mantuvo fiel a su deseo de ser actriz. Continuó con su perfeccionamiento artístico y fue elegida entre muchos y valiosos aspirantes para continuar sus estudios escénicas en la prestigiosa The Royal Dramatic Theater School. El destino le envió a ella el “sobre blanco”. Era una mujer con suerte. Su futuro como actriz estaba asegurado en su país natal. Pero pronto Suecia quedó pequeña para su talento. Hablaba cinco idiomas, era guapa, inteligente y tenía talento. Empezaron llover las ofertas. Una de ellas especialmente llamativa. Era la oferta del ministro de la Ilustración Pública y Propaganda de la Alemania nazi Joseph Goebbels hacer películas para el III Reich con el apoyo explícito del mismísimo Führer. Íngrid Bergman no tuvo reparos en declinar tajantemente tan generoso ofrecimiento. Entonces comprendió por quién doblaban las campanas y se marchó a América. En Hollywood conoció de primera mano la bondad y la mezquindad del ser humano.

En Estados Unidos la actriz fue galardonada con 3 premios Óscar, obtuvo el reconocimiento, cariño del público y ganó dinero. Pero también recibió el desprecio y la humillación por su historia de amor con el director de cine italiano Roberto Rosellini.

En aquella época la Iglesia Luterana de Suecia y sacerdotes de la Iglesia Católica estadounidense entendían el amor al próximo de una manera un tanto peculiar: animaban a sus fieles a mandar cartas a los periódicos, diciendo que la actriz debía ser quemada en la hoguera como una bruja. Su tremendo pecado era enamorarse de otro hombre que no era su marido, quedarse embarazada y dar luz a un precioso niño, llamado Roberto, que nació en el 1950. Supongo que era un pecado imperdonable, una bajeza moral incomparable con algunos casos de pedofilia que se escondía deliberadamente entre las filas de los propios sumos sacerdotes. Y es que algunos sabían interpretar la fe como curtidos políticos, perdonando a los suyos y cargando la furia con dureza contra los demás.

Así que hoy, justo 100 años desde su nacimiento y justo 67 después de su muerte (ella nació y murió el mismo día) quiero rendir mi personal homenaje a esta famosa actriz, hablando sobre su lado más humano y menos conocido: su vulnerabilidad y su fortaleza femenina.

Dicen que el propio autor de la novela “Por quién doblan las campanas” insistía que el papel de María debe ser interpretada por Íngrid Bergman. Lamentablemente no pude preguntarle a Ernest Hemingway las razones de su deseo. Él se pegó un tiro antes de que yo nací para la sorpresa de mis ingenuos padres. Desde mi punto de vista, alta y rubia Ingrid Bergman era inoportuna para ser María. Pero luego comprendí que la cierta simpleza artificial y la parcial exageración formaban parte del reflejo del momento histórico e histérico de la Guerra Civil Española. En la película María termina siendo más real y los llamativos sonrientes primeros planos dejan paso al mundo interior totalmente desencajado de la heroína. Creo que Ingrid Bergman sabía esconder detrás de la sonrisa «W.A.S.P.» (White, Anglo-Saxon and Protestant) el mundo complejo de una mujer que desde pequeña buscaba infructuosamente el amor en todas sus facetas.

Cuando pienso sobre la insistencia de “Papá Hemingway” en dar el papel de María a Bergman, me imagino su conversación con otro curtido mujeriego y rompecorazones como él mismo: Fidel Castro. ¿De qué hablaban a bordo de su yate “Pilar” durante sus paseos en el 1960 cuando el escritor coincidió en Cuba con el Comandante? ¿De la vulnerabilidad y la fuerza de una mujer como Ingrid Bergman? Una mujer no puede ser fuerte si no es también vulnerable. Debe ser capaz contarte lo que quiere, lo que teme, la forma en que tú le haces sentir feliz. También lo que ha cambiado, lo que ha superado, lo que teme y lo que puede con ella en la oscuridad y en el silencio de la noche. Sin transparencia y sinceridad no hay lugar para la intimidad. La fuerza y la vulnerabilidad entrelazadas son los ingredientes que hacen que el sexo siga siendo sensual, incluso disparándose el subidón del deseo bruto del instinto puro carnal.

Qué pena que la censura estadounidense, menos conocida que otras pero por ello no más permisiva, ha dejado fuera de la película numerosas escenas que habían descubierto a otra María, una mujer más auténtica en el marco del drama civil de una guerra. Han sido cortadas de raíz y no vistas durante 60 años. Aun cuando la Oficina Hays (que regía el código de autocensura de los estudios) había aprobado la frase de despedida que dirige Cooper a Bergman, “Yo soy tú y tú eres yo; tú eres todo lo que quedará de mí“, el significado quedaba bajo sospecha por sus posibles matices republicanos.

Durante la elaboración del guion de la película, los servicios diplomáticos españoles en Estados Unidos lograron en varias ocasiones que Hollywood variase el guion de la película en diversas escenas. La película fue igualmente objeto de discusión entre el embajador español y el Subsecretario de Estados Unidos. El embajador español incluso solicitó la paralización del proyecto. Y el cónsul de España en San Francisco amenazó a Gary Cooper e Ingrid Bergman según el testimonio del diplomático francés Romain Gary. Su  revelación merece ser considerada. Este inmigrante ruso de origen judío (su nombre real era Román Katsev), nacionalizado francés, escritor, aviador, diplomático y el héroe de la resistencia francesa, llegó a ser Cónsul General de Francia en Los Ángeles, siendo un personaje de referencia en el mundo bohemio de Hollywood. En cierto modo cumplió con la leyenda de su madre que le hacía pasar por hijo de Iván Mozzhujin, la estrella del cine ruso. Y mientras Bergman se mofaba de los emisarios del caudillo en Estados Unidos, en España la dictadura de Franco convirtió a esta película en un mito al prohibirla; hasta la muerte de Franco nunca fue estrenada.

Sí, estas historias suelen quedar lejos de los focos de la prensa de corazón. Las estrellas de Hollywood de piedra y cartón deben brillar como las luces de Las Vegas. Por algo son la parte esencial del casino sentimental de la máquina del celuloide de hacer el dinero. Mucho dinero.

Pero resulta que nadie es ajeno a los sentimientos, esperanzas, alegrías y lágrimas. Ni siquiera las divas del Hollywood. Me meto en la piel de Ingrid Bergman y comprendo que ésta mujer tuvo que distinguir a los chicos lechales de los verdaderos hombres, tratar con los mujeriegos, canallas y narcisistas que al principio podrían encandilarla, utilizando las mentiras y trucos baratos del gigoló experimentado. Pero el humo de sus cigarrillos y de sus sentimientos desparecía igual de rápido, dejando el asqueroso sabor en la boca. No hay nada atractivo en un hombre que finge ser algo que no es, que carece de toda profundidad de sentimientos, y no sabe que quiere en esta vida. Ella se casó y se divorció tres veces.

Otra de las facetas que tradicionalmente todos los boludos en el mundo entero niegan a una estrella de cine, es el pensamiento crítico. Según los tópicos establecidos en la sociedad, la estrella debe ser siempre guapa y sexy. Lo demás no importa. Personalmente no entiendo cómo se puede separar la inteligencia y la sexualidad. La sed insaciable de aprendizaje y el talento natural para expresarse de forma original también en la cama, son rasgos ante los que un hombre no puede resistirse. Si una mujer no puede seducir con su mente, no hay lugar a la química sexual. Y con Ingrid Bergman yo no tendría este problema.

Para terminar mi particular homenaje a esta espléndida actriz, la mujer que desde mi adolescencia me llamó la atención con su sensual voz, pronunciando aquella famosa frase: “El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, me gustaría mencionar su sentido del humor y su simpatía. No entiendo porque cuando hablan de una sex symbol, no mencionan aparte de la inteligencia también la simpatía y el humor. Desde mi punto de vista son compañeros de cama inseparables. La gente inteligente lee los matices sensuales, el humor ayuda superar las situaciones comprometidas. La empatía, la sonrisa, la risa y la compasión son rasgos y gestos que desarman a cualquiera en el mejor sentido de la palabra. Y ella era así. Derrochaba su simpatía.

Ser buena persona, ser simpática y divertida es muy sexy. Y serlo a pesar de muchas desgracias –aún más– confirma la genuina inteligencia. Y si este cóctel de sentimientos, pensamientos y comportamientos está unido en el frasco del cuerpazo de Íngrid Bergman, con la mágica proporción 0.7 desde la perspectiva masculina, entonces el efecto es verdaderamente notorio. Hasta tal punto, que a ella la recordamos después de su muerte incluso aquellos que podríamos ser sus nietos.

¡Feliz cumpleaños, Ingrid! ¡Cumpleaños Feliz!

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