La botella Nº 18: La revolución cubana, la profecía de Castro, el premio Nobel y el Presidente Obama

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Corría el año 1973 y nuestros padres eran jóvenes y felices. La corriente liberal de la juventud europea afirmaba a través de múltiples vías de autoexpresión la frase que reflejaba su percepción de la existencia: “el mundo se derrumba, pero la vida aún es posible”. ¡Qué ingenuos eran aquellos jóvenes!

La Revolución Cubana marcó aquella generación. Sus héroes, Fidel Castro y Che Guevara, se convirtieron en personajes de obligada referencia para entender las protestas del Mayo de 1968 en Francia, que se extendieron luego por la República Federal Alemana, Suiza, España, México, Argentina, Uruguay, Estados Unidos, antigua Checoslovaquia e Italia. Parecía que la chispa del triunfo de la Revolución Cubana saltó a Europa, provocando un nuevo fuego. Pero el humo resultó ser de porros de marihuana.

Mientras tanto Henry Kissinger con su talento nato de diplomático inteligente, llevaba a cabo la política de distensión, logrando acuerdos imposibles con la URSS y China, parando la guerra en Vietnam y gestionando la crisis de la guerra de Yom Kippur, los manifestantes en todo el mundo odiaban a Richard Nixon. Entonces nadie se preguntaba cómo “el retrograda halcón de guerra con su arrogancia del poder” apostó por un desconocido inmigrante, un polémico profesor universitario que ejerció como Secretario de Estado y Consejero de Seguridad Nacional, que casi logró una paz entre los bloques oriental y occidental.

Y es que los mitos y las profecías siempre tienen algo en común –la ironía sarcástica del destino— que pone en evidencia la desmesurada ambición del humilde ser humano. Es exactamente lo que pasó en aquel lejano 1973 cuando el periodista Brian Davis preguntó al dirigente cubano: «¿Cuándo cree usted que se podrán restablecer las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, dos países tan lejanos a pesar de la cercanía geográfica?» Fidel Castro, que dominaba a la perfección las técnicas artísticas de puesta en escena, respondió en alto: «Estados Unidos vendrá a dialogar con nosotros cuando tenga un presidente negro y haya en el mundo un Papa latinoamericano».

Cuatro décadas más tarde, el presidente Obama, primer mandatario de color de Estados Unidos, y el Papa Francisco, primer Pontífice latinoamericano, han impulsado un diálogo con el gobierno cubano que ha dado sus primeros frutos con la reapertura de embajadas en ambos países.

http://www.elmundo.es/internacional/2015/08/15/55cf807546163f33298b457e.html

¿Pero realmente ha cambiado drásticamente el mundo desde aquella profecía de Fidel Castro?

Sí, definitivamente el mundo ha cambiado. Entonces el escándalo “Watergate” costó la presidencia a Nixon. Cosa imposible que suceda hoy a pesar de todas las cosas mucho peores que han sacado a la luz Julian Assange y Edward Snowden.

En aquella época la gente se escandalizaba por el Premio Nobel de la Paz otorgado a Kissinger por su presunta implicación en golpes de estado en América Latina. Ahora, en cambio, nadie se sorprende por qué ha recibido el mismo galardón Obama. ¿El mundo hoy es más seguro? ¿Hay menos violencia racial en EE.UU.? ¿Por recortar ayudas al continente africano? ¿Por endurecer la política contra la inmigración sin hallar ninguna solución al problema? ¿Por el sistema de salud universal que no arranca año tras año? Evidentemente, su presidencia tiene sus sombras y sus aciertos. Pero fue una mancha para este extraordinario político aceptar el Nobel de la Paz al inicio y no al final de su legado. Los verdaderos premios son un reconocimiento de un proyecto realizado y no pueden ser un avance para buenas intenciones manifestadas de forma impresionante en redes sociales.

¿Habrá ahora otro nobel de la Paz para la familia Castro? El mismo que recibió Gorbachov. Al parecer era menos rentable políticamente dárselo al académico Andrei D. Sajarov que dedicó toda su vida, llena de sacrificio, por defender los derechos humanos. La ambigüedad del lenguaje político desgasta el mensaje a la sociedad, devorando su significado. Muy pronto los intelectuales de cualquier sociedad occidental serán inmunes a cualquier tipo de discurso político, bloqueándolo por completo para que no afecte a sus sentimientos y no insulte a su inteligencia.

Hoy la Habana se respira un aire extraño. La Administración estadounidense asegura que no ha invitado a la oposición cubana a la ceremonia de izado de la bandera en su Embajada por “falta de espacio”. Es una humillación a decenas de miles de personas que han sido perseguidos por el régimen y que con su lucha valiente han hecho posible el cambio en la “isla de la libertad”. Muchos de ellos han sido asesinados. ¿De verdad que en una Embajada tan emblemática como la de EE.UU. en Cuba no hubo espacio para su reconocimiento y memoria? Patético. Por encima de la triste “diplomacia de despachos”.

Recuerdo mis conversaciones con muchos cubanos sobre el destino de su país. Los más sensatos, más sabios y más tolerantes de ellos fueron los que se levantaron en armas junto a Fidel en Sierra Maestra contra el régimen corrupto de Batista. Luchaban por la libertad, por tener otro país, por los sueños de la juventud de los años sesenta. Rechazados por John F. Kennedy, se lanzaron en abrazos de los soviéticos, hipotecando a su propio pueblo. Compartieron los primeros años los valores revolucionarios, pero luego se han dado cuenta que quitando a un monstruo, han alimentado al otro.

“La historia me absolverá” dijo Fidel en el 1953. No hay duda que Castro es unos de los personajes más interesantes que hubo en el siglo XX. Con valentía y determinación quiso enfrentarse a lo que él resumió en seis problemas fundamentales: el problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación y el problema de la salud. ¿Consiguió mejorar la vida de los cubanos? Los resultados están ahí para su análisis comparativo, pero está claro que la respuesta no puede ser en blanco y negro.

Para mi es indudable que Castro ha hecho todo lo que estaba en sus manos para mejorar la vida de los cubanos según su propia escala de valores. El problema surge cuando el pueblo no comparte dicha escala de valores y prefiere otro camino, otros valores o simplemente no tener ningunos. Entonces aparece la tentación de los visionarios y los profetas: educar a su propio pueblo para que sepa distinguir mejor lo que le conviene y que no. Lamentablemente en esto el mundo no ha cambiado. Una pena. ¿Y qué cree mi querido lector?

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